miércoles, 11 de enero de 2017

VIVIR CON AGORAFOBIA

VIVIR CON AGORAFOBIA
Se ha dicho y se ha escrito mucho, no sé si lo suficiente, sobre este  trastorno psicológico que padecemos entre el tres y cuatro por ciento de la población.
 Todo el mundo sabe lo que es padecer diabetes, artritis, gripe o cualquier otra patología física, pero la mayoría desconoce o no comprende el sufrimiento que conlleva un trastorno de este tipo.
Casi la totalidad de enfermos ocultamos este mal que consideramos vergonzoso y que a nosotros mismos nos resulta inexplicable cuando, aparentemente,  todo el mundo nos ve bien a nivel físico.
Hoy quiero hablar de ello por dos motivos: reconocerme públicamente como una persona que vive con este trastorno desde hace cuarenta y nueve años, exactamente desde febrero de 1968, y el segundo de los motivos es relatar mi experiencia por si puede ayudar a alguien que padece este mal psíquico. Creo que en sí misma la revelación anterior deja claro que de una crisis de pánico no se muere.
El temor y el horror de sentirte morir durante una crisis de ansiedad es tan brutal que las secuelas y el trauma posterior al ataque son tan fuertes que pueden limitar, como en mi caso,  la voluntad del individuo hasta el punto de verse sometido por el miedo a sufrir otra experiencia similar. Por todo ello evitará, en principio, el lugar o la situación que cree provocó la primera manifestación de pánico y más tarde empezará a temer cualquier situación o lugar porque siente la amenaza del miedo casi constantemente. Su vida y su bienestar ya no dependen de su voluntad sino que las deja a merced de su dueño: el pánico.
En el año sesenta y ocho las crisis de pánico no tenían este nombre y creo que eran bastante desconocidas. A mí se me diagnosticó de trastorno obsesivo compulsivo y neurosis. Estoy casi segura que si alguien en ese primer contacto médico me explicase lo que he ido sabiendo a lo largo de los años acerca de este mal la cosa no hubiese perdurado tanto en el tiempo. ¿O sí…? Nunca lo sabré.
Por si no fuesen suficientes la crisis en sí mismas dejan tu mente a merced de una cohorte de sensaciones y trastornos nerviosos varios, depresión, nerviosismo, hipocondría, inquietud, dificultad para dormir, hormigueos varios, obsesiones recurrentes, miedo a hacer daño a las personas que dependen de ti, temor a volverte loco, ronchas rojas en cara y cuello, etc.
Jamás te acostumbras a la crisis de pánico por muchas veces que la vivas. El entrenamiento y experiencia no sirve de mucho cuando quedas en manos del terror y el descontrol que acompaña este tipo de trastorno.
Cada vez que te expones a una situación cotidiana como coger un autobús, ir a un supermercado, pasear, ir a la peluquería o simplemente alejarte del refugio en que has convertido tu casa, la sombra del miedo a sufrir otra crisis te acompaña siempre y la tensión que esto provoca te hace evitar salir de tu zona de confort a no ser acompañada por alguien, conozca o no tu problema.
Jamás hablé de mi trastorno a nadie, a excepción de los especialistas que he consultado. Mi marido sí lo sabía pero muy por encima porque yo intentaba llevar una vida “normal” delante de todo el mundo, supongo por el estigma que suponía y aún supone tener un trastorno mental que casi siempre se asocia a la locura la esquizofrenia o la psicosis. Creo que el motivo fundamental para no hablar abiertamente de esta enfermedad es el miedo a ser etiquetado por los demás como una persona desequilibrada a la que no hay que prestar demasiada atención porque está un poco desquiciada. El miedo, siempre el miedo dominando nuestra existencia.
Ignoro si es terapéutico o no hablar a nuestros familiares y amigos de nuestro problema, a mi ningún psiquiatra o psicólogo me ha dicho nada en este sentido. Ahora que lo pienso tampoco lo he preguntado, en cualquier caso ahora lo estoy haciendo a través de este post. Más adelante os diré si me ha servido para algo.
Mi testimonio tal vez no os aclare u os de pautas de conducta para superar el miedo patológico que supone la agorafobia, lo que pretendo decir es que se puede vivir muchos años con este trastorno. 

No conozco a nadie que se haya muerto a causa de esto;  aunque lo ideal es que busquéis con insistencia un buen profesional que os ayude a sanaros porque hay personas que lo han conseguido y se han curado. Evidentemente yo no he tenido esa suerte pero no desisto en mi empeño de conseguirlo. 
De todos modos, y a pesar de lo dicho, mi agorafobia y yo hemos vivido momentos maravillosos que iré contando en sucesivas entregas. ¡Hasta pronto!

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